martes, 21 de julio de 2009

Soledad

La vívida imagen de la soledad, desespera a cualquiera pero no siempre es negativa. Estar solo ayuda a una introspección que nos pone en contacto con nuestros otros yo, que incluso a veces ni siquiera sabemos que existen y que tienen necesidades de hablar con nosotros. Soledad no siempre es estar solo, quizás estamos rodeados de personas pero pese a eso seguimos aislados. Yo diría que el estar solo es una cuestión de oído y de palabras, hablar y ser escuchado y viceversa. Ya que si no interactuamos en niveles proporcionales también estamos solos. O peor aún, creemos que no tenemos problemas de soledad, cuando en realidad nosotros somos sus difusores.
¿Cuántas personas hablan y hablan, aunque no tengan nada para decir? Sí, muchísimas. Más ahora en los tiempos de la alienación y la destrucción de nuestro único distintivo o sea, lo estúpidamente humanos que podemos ser.
Hablar no es comunicarse, por tanto, hablar puede provocar soledad. ¿Cómo cambiar eso?
Bueno, yo no tengo la respuesta, eso es cosa de cada uno. Para mí, que tengo la capacidad de escuchar, y que no hablo si no es necesario, mentiría diciendo que así no hay soledad, ya que me considero una persona solitaria. Eso sí, comunicativo soy, siempre y cuando desee algo.
Siempre tuve en claro que la soledad era una elección más que otra cosa. Pero llegó un momento que se volvió una obsesión para mí. No recuerdo bien cuando fue que pasó, pero sí se que se agravó en el momento en que conocí a una chica con esa palabra como nombre.
Fue un 2 de septiembre, en la fiesta de aniversario de la Revista Esquilón. Yo estaba junto a la barra como era mi costumbre. Cuando alguien me dijo por la espalda: Qué bodrio ¿no?
Me di vuelta, ahí estaba, junto a mí mirándome con unos ojos enormes y una sonrisa que emborracharía a cualquiera. Su belleza era inigualable, parecía que de ella brotaba una luz que me cegaba no permitiéndome ver más allá de su imagen. Estaba fascinado, embobado, casi enamorado con solo una mirada. Lo cual me resultaba extraño ya que no creía en el amor y mucho menos a primera vista.
Todavía estaba inmerso en ese hechizo de estupidez cuando ella lo rompió diciendo:
_ ¡Ehh! te estoy hablando.
_ Qué.... ¿a mí?
_ Sí, a vos
_ ¡Ah! Disculpame. Estaba distraído ¿Qué decías?
_Nada importante. Soy Soledad.- dijo mientras me daba su mano como señal de saludo, al cual correspondí.
_¡Qué raro!, no te conozco, y eso que estoy en la redacción desde los inicios de la revista.
_ No es raro, yo sólo tengo una columna que escribo por mi amistad con el director. Nunca voy a la redacción. Se la envio por mail.
_¡Ah!, debe ser por eso que no te ubico.
Esa noche conversamos durante mucho tiempo y sobre varios temas. Todo iba bien hasta que se me ocurrió preguntarle si estaba sola. Su cara cambio, empezó a reír, me agarró la parte inferior de mi cara y me dijo: - Eso querés ¿no? - La miré extrañado, a lo que ella agregó: - ¿Qué pasa, me querés coger?- Yo más sorprendido que antes me quedé mudo, sin poder siquiera entender qué era lo que había pasado hacia hace un instante. Ella se levantó y me dijo: - siempre estoy sola. - mientras se marchaba saludando a sus compañeros, por el medio del salón.
Quedé golpeado, desconcertado, nunca había vivido nada así frente a una pregunta tan estúpida como la que le había hecho. Decidí irme a mi casa aunque aún fuera temprano y la fiesta estuviera en su pleno apogeo. Mario me había traído en su coche, así que para no molestarlo decidí irme en colectivo. Mientras esperaba el micro, mi mente estaba tranquila, casi en blanco. Una vez que ya estaba acomodado en mi asiento, subió
una chica vestida muy provocativamente, la miré como queriéndola despojar de aquella pequeña ropa que llevaba, hasta que me percaté que junto a ella estaba su novio que me miraba de una forma desafiante. Cobardemente bajé la mirada, sumergiéndome en mi propio pensamiento.
Adentro de mi cabeza yo sabía que era cierto lo que Soledad había dicho, yo quería tener sexo con ella. Me atormentaba la idea de que hubiera descubierto mis ocultas intenciones. ¿Cómo había pasado? Mis ojos me habrán delatado, habré sido descuidado en algún comentario. Todo me resultaba extraño, siempre medía mis palabras, además soy frío como un hielo y ni siquiera estaba borracho.
Para cuando llegué a mi departamento, ya estaba totalmente abrumado. Me tiré en la cama sin poder quedarme dormido, pensando en la iluminada imagen de Sole. En ese momento sonó el celular. Era Mario que se estaba yendo de la fiesta y no me encontraba. Le dije que ya estaba en mi casa y que necesitaba el teléfono de Soledad, de redacción. Mario dudó y me dijo: No puedo, eso es información confidencial, si querés hablar con ella andá a la oficina el lunes. Y me cortó sin siquiera despedirse o darme explicaciones por esa respuesta tan rara para el pedido de un amigo.
Era la tarde del sábado y yo todavía no podía dormir, ni trabajar, ya que toda la situación vivida tanto con Sole como la posterior respuesta de Mario no tenían para mí una explicación coherente, y eso para una mente racional como la mía era intolerable y enfermizo.
Decidí intentar olvidar el episodio tomándome una botella de vodka, eso me quitaría lucidez y caería dormido al piso. Lo peor fue que la tomé toda y todavía no dormía, sólo estaba borracho lo cual era jodido, ya que ebrio suelo hacer cagadas grandes. Lo cierto es que salí a caminar por la plaza. En pleno recorrido me agarraron unas ganas enormes de orinar, por cual me puse tras un árbol y calmé ese insoportable ardor que ya no aguantaba. Luego fui a sentarme en una hamaca, donde me quedé un instante.
Me quedé dormido porque cuando desperté, ya era de noche. Junto a mi estaba Soledad que me miraba con cara maternal. - ¿Vos qué hacés acá?- pregunté. Ella no dijo nada. Sólo me ayudó a levantarme, mientras me abrazaba junto a una gran pena.
Después no recuerdo más nada, sólo sé que estaba tirado en mi cama, totalmente desnudo. La puerta de mi departamento abierta, y ni rastro de mi ropa que parecía haber desaparecido.
Para ese entonces mi confusión ya era enorme, ¿dónde estaba mi ropa y cómo Soledad me podía haber encontrado en la plaza? Quizás nunca había ido a la plaza y había soñado todo, ¿pero lo de la ropa?¿cómo podía haber desaparecido? La aparición de Sole me inquietaba pero la desaparición de mi ropa me preocupaba, ¿habría hecho alguna locura? ¿Cómo saberlo? Esa pregunta era algo que no me dejaba tranquilo, así que decidí bajar a hablar con el portero.
En ese instante suena el teléfono, era Soledad.
_ ¿Estás bien? ¿pudiste dormir?
_Sí, perdoname que te pregunte, pero ¿Qué pasó anoche?
_ Te encontré borracho, durmiendo debajo de una hamaca. Así que te llevé a tu casa para que descansaras mas cómodo.
_ ¿Y mi ropa?
_ Cuando llegamos te la quitaste y me dijiste que te la lave, así que la metí en el lavarropas.
_ Quería pedirte disculpas por mi comportamiento, tanto en la fiesta como por lo de ayer.
_ No te preocupes, cualquiera se pone en pedo y hace boludeces… Bueno, chau, me encantaría seguir hablando, pero tengo mucho que hacer.
Así de repentino como fue su llamado, fue que terminó la conversación telefónica. Me sentía tremendamente avergonzado ante aquella mujer me había traído ebrio de la calle y había descubierto mi fuerte deseo sexual oculto en aquella charla. Pero por alguna razón que desconozco esa humillación constante a la que Sole y su recuerdo me sometía, era algo que aumentaba mi pasión por aquella mujer que me había deslumbrado.
Ya en la mañana del Lunes, salí para el trabajo como siempre, pero cuando saludé al portero noté en él una mirada burlona y un tono socarrón en su voz. Me extrañó porque era una persona muy respetuosa, pero le quité importancia, suponiendo el incidente de la borrachera.
Tipo dos de la tarde pasé a ver a Mario. Al entrar en el edificio noté el mismo tono socarrón en cada saludo de la gente del personal . Ya no tenía demasiado sentido, ellos no me habían visto borracho ni mucho menos. Lo que más sorpresa me dio fue que Mario no quiso recibirme. Ahora sospechaba de él. Primero la situación del teléfono de Sole y ahora estaba muy ocupado y me pidió que volviera otro día.
Mario no quería que estuviera con Sole, seguro que él ya le había echado el ojo, ella era una mujer hermosa y él un casado pervertido con mucho poder, que siempre lograba lo que quería .Pero no se la iba a dejar fácil, así que fui a la redacción y pregunté por Soledad. Nadie la conocía, sabían que escribía para la revista pero no la habían visto nunca.
Me quedé dubitativo un momento y pregunté por su teléfono. Pero ningún compañero supo darme esa información. Era obvio que era una de las amantes de Mario. Así que sin pensarlo me dirigí a su oficina, donde irrumpí como una tromba. Mi sorpresa fue enorme. Allí estaba Mario, mi amigo, con una peluca rubia y vestido con ropa interior de mujer, practicándole una mamada a Walter, el pibe que manejaba la camioneta del reparto.
Me quedé horrorizado y cerré la puerta de la oficina al mismo tiempo en que caía desplomado sobre el sillón. No podía creerlo Mario maricón, lo había visto curtirse a las mejores minas de la ciudad, además no podía evitar pensar en sus dos hijas. Walter salió por pedido de Mario, nos quedamos los dos solos. Quería decir algo pero no podía, ni sabía qué decir.
El me miró resignado y me dijo, aún en ese ridículo atuendo: - ¿Qué necesitabas que era tan urgente que no podías esperar?
- No es nada importante- contesté - Vuelvo después.
El me detuvo: - Dale, hablá. Peor situación que esta no creo que viva.- dijo con un tono burlesco.
_ Bueno, necesito el teléfono de Soledad
_ ¿Otra vez con eso? No te alcanza con esta situación, que encima me jodés.
_ ¿Qué te jodo? Explicate porque no entiendo.
_ ¿No entendés?, Soledad es mi nombre de travesti. ¡Hijo de puta!
_ ¡Qué!, ¿vos escribís en la revista bajo ese seudónimo?
_ Sí, y no aparentes que no lo sabías, si no, ¿cómo explicás lo de la fiesta?
_ Pero....la mujer con que yo estuve en la fiesta era una mujer.
_ Mira, no sé de qué hablás pero en esa fiesta no había ninguna Soledad, y lo sé porque yo elaboré la lista de invitados.
Moví mi cabeza en todas direcciones y salí caminando como si me hubieran derrotado. Atrás mío quedaba un amigo en tanga que me gritaba que adónde iba, que todavía no habíamos terminado y después si acaso me había vuelto loco. La verdad es que no me importaba si Mario pensaba que estaba loco, ya había perdido todo respeto por él al verlo en tanga, y al saber que reprimió su homosexualidad, sólo sentía bronca por su hipocresía. Cuántos años había mentido, era algo que no podía dejar de preguntarme, cuánto tiempo su verdad vivió en las sombras. Era triste, un tipo exitoso que le tenía miedo a su propia sexualidad.
Me senté en un café del centro y pedí un capuchino, no podía dejar de pensar en lo que estaba viviendo, Mario transexual, y aparentemente Sole no era Sole, por lo menos no la que escribía en la revista. La situación me resultaba ridícula. ¿De dónde había salido esa mujer que usaba el nombre de otra y que me había enamorado de tal forma? Finalmente decidí volver a mi casa y tratar de dejar todo eso atrás.
Cuando abrí la puerta de mi departamento ahí estaba Sole desnuda, recostada sobre el sofá en una posición que me dejaba atónito. Sí, era ella, no era Mario vestido de mujer, era la Soledad que me había enamorado, la hermosa mujer que paralizaba mi corazón.
Ella me miró, se puso de pie y se fue acercando a mí. Estaba paralizado, no podía mover ninguna parte de mi cuerpo, salvo mi pene que estaba tan tieso y firme que parecía un militar en el saludo a la bandera. Me desvistió lentamente y me llevó hacia la cama.
Tenía tantas preguntas, pero la situación no me dejaba hablar, en ese instante me besó y me dijo: todas tus preguntas serán contestadas a su debido tiempo.
Fue el mejor sexo que recuerde, conocía cada parte de mí a la perfección y sabía qué era lo que buscaba en ese momento. Ella logró darme algo que ninguna otra mujer me había dado, satisfacción y contención. Al terminar el acto sexual quedé profundamente dormido, con una paz que nunca había sentido. ¿Podría Soledad ser ese ángel celestial que esperé durante tanto tiempo y al cual ya creía que nunca encontraría?
Al despertar ella estaba junto a mí pero yo ya no tenía más preguntas. Ella era yo y yo era ella, éramos uno mismo. Me había casado con la Soledad que siempre me había acompañado, al fin la había aceptado. La Soledad estuvo junto a mí desde mi infancia hasta mi adultez, pero ahora mi mente le había dado forma. Ella sería mi compañera, mi complemento, la disgregación de mi cuerpo en dos.
Era también el vivo reflejo de que había perdido la cordura ante la vista de los demás, pero eso no me importaba. Había encontrado la compañera que me permitiría llegar hasta el final de mi vida, sin suicidarme. Había aprendido a convivir con la soledad sin que me desesperara la idea de estar solo.
Entonces pensé en Mario, mi amigo, que pese a tener familia y dos hijas divinas vivía una vida que no era la suya, al no querer enfrentar la soledad y el probable dolor que le hubiera generado asumir su homosexualidad en el momento en que la descubrió. Sin embargo, decidió reprimirla por miedo a la soledad y al rechazo de los demás. Entonces me sentí emocionado y aliviado a la vez, al saber que pude evitar ese sufrimiento de vivir en las profundidades de la oscuridad, gracias a haber encontrado a mí amada soledad.


FIN.

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