Con mas apuro que otras veces transito por la vereda, hoy mas cargada que nunca, llena de vendedores, gitanas, mendigos, pungas y todo tipo de alimañas. Aquello no me afecta, no disminuyo la velocidad y con un vértigo característico al de un perro en celo. Clavo los frenos en esa esquina que ya nunca seria la misma. Allí parada estaba una mujer de rubio cabello, botas altas y una falda muy corta. Esas mujeres a las que en el barrio algunos llaman Giro o simplemente puta.
Esta dama de poco orgullo, me mira de frente al rostro e intentando seducirme cierra su pecho. Juntando sus bombas mamarias de un tamaño netamente considerable. A lo que la detengo y le pregunto ¿ silicona?, y ella con cara de soberbia contesta ¡ no naturales!
Sorprendido doy un paso atrás como intentando apreciar mejor esas tetas majestuosas que en un curvilíneo danzar parecen estar mas allá de la realidad. Cuanto mágico será su poder que ya olvide lo que tenia que hacer. Hubiese deseado apretarlas, chuparlas o únicamente tantearlas, pero la realidad me golpeaba de nuevo. Ya que en mi billetera de cuero sintético no tenia ni dos míseros pesos.
Porque dios se desquitaba conmigo, si el no podía disfrutar del placer de la lujuria, no era culpa mía, sino de aquellos que lo hicieron casto. Entonces con un grito desesperado me desahogue. Para mi sorpresa toda la calle me había escuchado, y con ese grito a la puta había ahuyentado. Una vez mas maldije mi suerte y seguí con mi camino como si nada hubiera pasado.
Aunque era mentira, día tras día, semana tras semana, mes a mes, cuando atravesaba aquella esquina. Solo pensaba en esa puta que me había llegado al corazón con una cosa tan simple como una teta.
Para calmar mi dolor la busque, la busque y la busque. Cuando la encontré, la decepción me había cubierto, esa increíble mujer de mala fe que me había conquistado. Ya no era ni la sombra de lo que había soñado.
Allí estaba gorda, apoyada contra la pared, mascando un chicle de la forma mas grosera que se te pudiera imaginar. Mis tripas se revolvieron y en un vomito parecido a un baldazo de agua, escupí mi amor, que bailando lentamente chorreaba hacia aquella yoconda que alguna vez fue la culpable de mis desvelos, y de la ira hacia la espada, que caía rendida ante el movimiento de la pasión.
Ya no había mas sueño, todo se había extinguido como el fuego apagado por el agua. Solo quedaría en mis retinas el recuerdo de aquel cuerpo que pudo haber sido mío. Si hubiera tenido en aquella ocasión el dinero requerido para tal placer.
Fin.
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