Es una mañana brumosa de esas que acostumbra esta región. Mi mente está en blanco, tan en blanco que el rostro esta rígido, inmutable. Mis ojos no parpadean y se dejan secar con el aire, hasta que arden de tal forma que pierdo la visión.
De repente aquel trance es roto por el sonido del teléfono sonando, volteo la cabeza hacia él mirándolo con frialdad. Me pregunto ¿Quien será? Pero no me levanto a contestar. Suena y suena y yo inmutable contemplando el aparato, que cada vez parece sonar con más fuerza.
¿Será Bárbara? queriendo saber porqué he desaparecido toda la semana. No creo tener el valor para poder hablar con ella. Romper una relación siempre es difícil. Además me sentiría muy tonto diciéndole que quiero terminar una relación de tres años, sólo porque estoy triste aunque no tenga una razón para estarlo.
Seguramente no me creería, pensaría que tengo otra o algo similar. Aunque realmente no lo sé, es complicado o casi imposible pensar como mujer siendo hombre. Además, como ya dije, no tengo ninguna buena razón para terminar con ella.
Junto a Bárbara viví tres buenos años, ella me comprendía, me escuchaba y me acompañaba. Éramos un buen complemento, algo así como las frutillas y la crema, ella esponjosa y dulce y yo ácido y áspero. Aunque más que una frutilla seria un limón, así que quizás la formula fuera un lemon pie.
Pobre Barbi, no se merece que le haga esto pero no se enfriar una relación de otra forma que no sea tomando distancia. El tema es que no puedo mirarla a la cara y lastimarla diciéndole que la dejo porque estoy angustiado por algo que no sé qué es.
También puede ser que a Bárbara no le importe que yo la deje. Quizás me llamaba para decirme que esta harta de mi conducta de ente, y que quería dejarme. Lo cual sería estupendo porque de esa forma tendría una razón para estar angustiado. Aunque yo supiera que la angustia no es por eso, pero tendría algo que decir. De todas formas no creo que me lo diga por teléfono, seguro querrá que nos veamos para decirme que lo nuestro terminó. El problema es que si me encuentro con ella, y no me dice lo que quiero escuchar, yo tendré que tomar la iniciativa y no creo poder con eso.
Por otra parte puede ser que no haya sido Barbi, sino del trabajo para preguntarme porque no fui hoy. Deben pensar que otra vez me excedí con las drogas y estoy detenido o tirado por allí. Pero están equivocados como siempre, es solo la angustia, que es tan grande y profunda que aunque parezca mentira ni siquiera necesito drogarme. Estoy inmerso en un estado de somnolencia tan hondo que parece que estuviera drogado, igual que los de los neurosiquiátricos.
Es mas, ahí sobre la mesa está el viejo espejo de mano de mamá, con una raya de merca que preparé hace una semana y no pude tomarla por alguna razón que no comprendo. Allí junto está la piedra de mota que me regalo Bárbara por mi cumple sin tocar, no le falta un solo gramo.
Pobre mamá, si supiera para lo que usaba su espejo, se volvería a morir. La vieja quería lo mejor para mí, pobre, pensaba que yo tenía talento, creo que ni ella sabía para qué. Pero estaba convencida de que era un talentoso. Solía decir que tenía un don, sólo que todavía no lo había aprendido a explotar.
Es lógico, qué madre le diría a su hijo que es un mediocre bueno para nada. Yo creo que ninguna con un poco de amor por su hijo. Los padres la mayor parte de las veces son ciegos por decisión propia, ven lo que quieren ver, el resto se les escapa. Aunque si se trata de mirar a los hijos de otros, allí no se les escapa nada, es más, ven más de lo que hay. ¡Qué reverenda mierda, cómo pueden ser tan hipócritas!
Qué se le va a hacer, esas conductas son parte de la naturaleza humana. La verdad es que ser hombre es un asunto complicado, pensamos entonces enredamos todas nuestras relaciones. Quizás si dejáramos de competir y de buscar verdades absolutas dejándonos guiar por el instinto animal, haríamos menos cagadas. No, eso es un disparate, nuestro instinto es pensar y nos enseñan a competir. Además, la vida es competencia; si hasta los animales compiten, es la ley del más fuerte. Si esa ley rigiera para los humanos, yo no tendría nada, ni siquiera mis recuerdos. Esos en los que la tristeza no me envolvía, donde solo jugaba y me divertía con amigos.
Fue una buena época pero ya pasó, de nada sirve mirar atrás, todo eso se esfumó. Al igual que mi amor por la vida y los placeres mundanos de la humanidad. Hoy sólo tengo una honda pena que me aqueja y me quita todo rastro de sensibilidad que pudo existir alguna vez en mi cuerpo.
Mi cuerpo, delgado, grisáceo como el de un cadáver ya no puede sostener mi alma aquejada por la nostalgia y el aburrimiento. Mi cuerpo, ese que de principio a fin fue débil y que más de una vez me traicionó dejándome sumido en el dolor. Es verdad que yo nunca lo ayudé a que fuera diferente, pero a mi cuerpo nunca lo sentí parte de mí. Quizás por eso lo torturé con una vida insana.
A veces pienso si mi vida hubiese sido diferente, sino hubiera perdido a mi mamá tan rápido o si alguna vez hubiera tenido un padre de verdad, no esa sabandija que aparece solo para pedirme dinero todos los primeros días del mes. Si no hubiera fumado aquel primer porro, que posteriormente daría principio a mis años de dyler, hasta hoy que trabajo como archivista en una horrible oficina gris como una lápida…
Alguien golpea la puerta, irrumpiendo en mi pensamiento. Me quedo en total silencio. Vuelven a golpear, pero con más intensidad. Experimento una curiosidad muy grande por saber quién es, ya que el portero de mi puerta nunca sonó. Sin embargo, no muevo un músculo, casi ni respiro. Un frío me recorre por dentro bajando por mi columna. Tengo un mal presentimiento de aquel visitante misterioso.
¿Será Daniel, que se entero lo que hice?, quizás él fue el que llamó por teléfono. Si es él estoy en un gran apuro. Nunca quise hacer eso, pero no podía controlarme, fue un accidente. Pero Daniel no entenderá que fue la tristeza la que se apoderó de mí y necesitaba darle una causa a esa nostalgia.
No fue por diversión, solo necesitaba generarle a otro un dolor tan grande para que opacara el mío o para encontrarle una razón. Sólo buscaba una forma de continuar, el resto fue un accidente. Cómo podía imaginar que ella era la hermana de Dani. Cuando Felipe me dijo que ella era su hermana, no lo podía creer. Cómo podía haber sido capaz de hacer algo así, Daniel era mi mejor amigo, con él empezamos el negocio de las drogas en el Colegio Maristas. Gracias a él tengo hoy mi casa y mi trabajo, él me alentó a salir de la venta de drogas porque me veía desatento y era probable que la policía me atrapara con algún cargamento de los que traíamos de Paraguay.
De golpe todo es silencio, decido acercarme a la puerta, me pongo junto a ella, y evitando hacer algún sonido apoyo mi oído junto a la madera para tratar de oír algo. Todo es paz, no se escucha nada, no hay nadie en el pasillo. Es posible que hubiese inventado ese sonido, que nunca nadie hubiera golpeado mi puerta. Estaré tan obsesionado con que Felipe le haya contado a Daniel lo que hice con su hermana, que mi mente creó todo.
Quizás sí quiero que aparezca Daniel para que haga lo que yo no me animo a hacer. Sin embargo, hace días que no salgo de casa, si quisiera que Daniel me encontrara saldría afuera, atendería el teléfono o abriría la puerta a quienes la golpean.
Creo que ante estas circunstancias el miedo me paraliza, aunque deseo que la angustia se termine, tengo miedo del dolor físico que la solución conlleva. Es eso lo que me paraliza ante el menor sonido, aunque quiero no me atrevo, soy un cobarde. Es por eso que hoy estoy aquí encerrado, intentando escaparle al pensamiento, que minuto a minuto me hunde más en la miseria de un alma ya sin vida como la mía.
La angustia ya me ha matado moralmente, sólo falta la muerte física, la muerte de mi cuerpo. Sin embargo, por alguna razón que no termino de comprender, me niego a darle esa estocada final a mi ser. Es como si disfrutara esta paranoia y agonía mental que la cercanía de la muerte provoca. Debo dar fin a mi cuerpo, es la única manera de terminar con la angustia. Ni siquiera cometiendo una atrocidad pude disminuirla. El Fondo parece inalcanzable. De aquí en adelante todo es cuesta abajo, y mi débil conciencia no podrá soportarlo.
Vuelvo la vista hacia la mesa de luz, allí esta la salida del agujero en que he caído. No puedo esperar a que Daniel lo haga, inconscientemente no se lo permitiría.
Camino lentamente hacia la mesa de luz, avanzo con pesadez como si mi cuerpo se resistiera a mi deseo de llegar. Abro el cajón, mi rostro empalidece, me quedo unos minutos en silencio, estático, respirando muy profundamente.
No puedo hacerlo. Quiero moverme, pero mi cuerpo no responde, paralizado por la decisión que he tomado. Quiere retroceder, pero no se lo permitiré. Debo terminar con la angustia que no me deja vivir. ¿Cómo puede ser posible que mi cuerpo se rebele contra mi mente?, ¿o es mi mente la que está peleando consigo misma?
Dejo de pensar, sumergiendo la mano en el cajón, agarro el arma, pesa más de lo que recuerdo o quizás es el peso de mi existencia que se aferra a ella para no caer. Me quedo contemplando el arma por unos segundos, que se convierten en minutos y luego en horas. Ahí estoy, sentado con la mente en blanco y el arma en la mano. Abro mi boca y con sutileza me coloco el cañón del revolver en el interior de la misma. Supuestamente esta es la forma más efectiva y menos dolorosa, pero a mí me aqueja la duda de saber si podré disparar. Pensar que todos los adolescentes piensan en suicidarse y solo un pequeño porcentaje lo hace. Yo ya no soy un adolescente, pero me siento atormentado por razones que no logro comprender. Sólo creo que ya no quiero vivir, ni de esta forma ni de otra. He sido derrotado, no sé si por otros o por mí mismo. Sólo sé que la angustia ganó y que la única salida de ella es ésta.
Se escuchó un estruendo en el edificio, los vecinos salieron al pasillo, había desconcierto. ¿De donde había venido el ruido? De pronto un grito puso a todos en alerta, era la mujer del D, que gritaba. Por debajo de la puerta del C salía un pequeño charco de sangre. Al abrirla encontraron a Rogelio tendido en el suelo con un arma en la mano, y un salpicón de sangre por todo el departamento. Pero lo más extraño fue que en su rostro estaba dibujada una sonrisa. Algo que nadie del edificio nunca había visto en él.
Sebastián Riera
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