martes, 21 de julio de 2009

Lazarillo Enamorado

Venia caminando, como todos los domingos, por la coqueta calle Sarmiento. Cuando percibí un aroma, dulce, intenso y penetrante. Que me envolvía alterando todas mis hormonas y despertando toda esa bestialidad que los dos años de colegio habían aplacado en mí.
Sentía su aroma y me relamía, al verla, ya casi no podía contenerme. Una correa me presionaba del cuello y no podía abalanzarme sobre aquella. Detrás de ella un montón de energúmenos, sin clase, que se zarandeaban y le bailoteaban alrededor intentando llamar su atención.
Ahí estaba, con una belleza helénica, capaz de desatar una guerra que pudiera durar una eternidad. Sin embargo nada la hacía inmutarse, se sabía bella y eso alimentaba su ego. Para que tengan una real representación de su imagen les diré que su cabello era color ocre con unos matices que generaban una especie de destellos que iluminaban la existencia. Que su caminar era seguro y refinado, sus patas no eran ni cortas ni largas, y unos hermosos flecos de pelaje más largo denotaban que había tenido hacia poco una sesión de peluquería. Su cola era perfecta y se movía suavemente con una leve inclinación hacia la izquierda, dicho movimiento lograba hipnotizarme, haciendo que se me callera la baba como a un San Bernardo.Era la mejor perra que alguna vez hubiera visto, me había seducido sin siquiera emitir un sonido. Y mientras otros perros estaban intentando que ella le prestara un poco de atención. A mí no me quedaba más remedio que resignarme a verla con cara de bobo y con la lengua afuera junto a mí amo ciego, que si tenía una peor desgracia que la mía, ya que no podía contemplar tal belleza.

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