El barrio de la boca es un barrio de muchos contrastes, en sus calles se mezcla la opulencia de los turistas de caminito, y por otra parte la verdadera tradición arrabalera del riachuelo porteño y del tango. El dinero de los hostel y la pobreza de los conventillos. La pasión por el Boca Junior y el precio de una entrada para poder verlo.
Yo, me llamo Juan Manuel Salguero, soy bandoneonista oriundo de la Boca. He nacido y vivido en este barrio por más treinta años. He pasado muchas penurias producto de una vida llena de excesos, la ginebra, la cocaína y las prostitutas han sido una constante en mi vida. Pero no recuerdo dolor alguno como el de aquella mañana del 22 de septiembre.
Venía borracho y drogado caminando por una zona cercana al puente de la boca, cuando por producto de mi estado me tropecé con mi propia sombra y me desplome en el suelo. Al levantar la vista me tope de golpe con un baldío, que brillaba de mugre con la luz del alba, mis ojos se llenaron de lagrimas. En un lugar así había empezado mi vida, estaba frente a mi primera cuna, sucia abandonada y descuidada.
En treinta años yo no había dejado de ser aquel bebe abandonado entre la maleza, me seguía rodeando de lo más rancio de la sociedad, quizás yo debería haber muerto en aquel terreno. Pero no, alguien me rescato y quiso ser mi padre, aunque seguramente fracaso antes de empezar. Ya que más allá del bandoneón ninguna otra enseñanza me dejo aquel vicioso que me rescato.
De todas formas le estoy agradecido, ya que por lo menos me dio una oportunidad, no como mi madre que ni siquiera tuvo el valor para matarme, sino que me tiro como al preservativo que debería haber usado antes de concebirme en su vientre.
Naci entre la basura, fui criado por un asesino vicioso y matón. Si soy marginal, he estado preso y he cometido excesos. Pero he conocido la libertad y la sensación que provoca una nota de mi instrumento. Por eso hoy, baldío, te doy la espalda y escupo en tu magra intención de ser olvidado como la mugre que vive en tu interior.
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