Era una mañana fría de invierno. La gente caminaba por el andén emanando vapores por sus bocas. Por los altavoces indican el horario de salida del tren, las personas corrían y se agolpaban para subir al vagón.
La locomotora tocaba su bocina y la formación de vagones empezaba a recorrer los rieles con lentitud. En el interior del tren los pasajeros miraban sus relojes impacientes, con miedo de llegar tarde a sus respectivos trabajos.
La intempestuosa maquina empezaba a tomar velocidad. Tres estaciones por delante de ella, un hombre estaba parado junto a los rieles. Su ceño era fruncido, sus manos resquebrajadas, su rosto cubierto cubierto de pelo le daba un aspecto casi bestial. Sin embargo sus ojos reflejaban mucho dolor.
Los rieles empezaban a vibrar, ahí venia la maquina echando humo y un fuerte olor a hollín. Tocaba su bocina pero no desaceleraba; el hombre sintió un frio que le corría por la espalda. Estaba preparado para morir, pero no podía evitar sentir terror frente a esa mole de hierro.
El miedo era cada vez más fuerte pero la decisión estaba tomada, el mundo había sido pensado sin él, en el progreso no figuraba su nombre.
Antes de que la locomotora lo golpeara, sus ojos se humedecieron y dejo caer una lágrima. Esa gota representaba el dolor de muchos excluidos que nunca habían visto la luz del progreso y la modernidad. Ellos solo conocían el hambre, el frio y la miseria de un mundo moderno y majestuosos que no les pertenecía.
Ese día los diarios publicaron que un indigente se había arrojado sobre las vías del tren para suicidarse. Pero quizás esta solo sea una visión parcial de los hechos.
martes, 6 de octubre de 2009
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